miércoles, 24 de abril de 2013

Igor Stravinski: El Pájaro de Fuego



Igor Feodorovich Stravinski fue el tercero de cuatro hijos de un célebre cantante de la Opera Imperial Rusa y de una madre frente a la cual "sólo sentía deberes", según propia confesión. Sus hermanos le aburrían en grado sumo, de modo que el pequeño Igor hubo de ingeniárselas para encontrar una nota de jovialidad en una infancia agobiante cuya única alegría parecía provenir de los cuidados de su nodriza, de la que guardó un emocionado recuerdo toda la vida y a quien lloró más que a su propia madre, cuando murió.

Por fortuna, las veladas musicales de la familia aportaban un fecundo aliento de vida y alentaron su gusto por la música. A los 9 años, comenzó a recibir sus primeras lecciones de piano, y a los 11 quedó deslumbrado al asistir por primera vez a la ópera. Poco después pudo estar presente en el estreno de la Sinfonía Patética de Tchaikovski, y esta vez, quedó hechizado. Al mismo tiempo, componía sus primeras piezas. Todo iba al parecer de maravillas para que el joven Igor hiciera de la música una carrera, pero el ominoso sino de las jóvenes promesas musicales rusas se plantó ante él y debió ingresar a la Facultad de Derecho, a los dieciocho años.

Igor Stravinski (1882 - 1971)
Sólo lo salvó del destino jurisconsulto el haber trabado conocimiento con el compositor Nicolai Rimski-Kórsakov quien, pese a fruncir el ceño ante sus primeras obras, finalmente lo recibió en su casa durante tres años para enseñarle el oficio, explicándole todo lo que concernía a las formas musicales y su lenguaje, y apoyándolo en la orquestación de sus propias partituras pianísticas. El maestro Nicolai, acaso sin proponérselo, se transformó así en el único músico del que Stravinski reconoció más tarde haber aprendido algo.

El año 1908 ya cuenta con varias partituras a su haber, aplaudidas por público y crítica. Solo falta un poco de suerte y ésta llega de la mano de un concierto donde se interpretan dos de sus obras y al que asiste un espectador atento, Sergei Diaghilev, creador de los Ballets Rusos que por esas fechas hacen furor en París. Nada se demoró Sergei en pedirle al autor que orquestara música de Chopin para un proyectado ballet futuro que ha de llamarse Las Sílfides.

Igor, está hecho unas pascuas. Aun así, no imagina que la celebridad está a la vuelta de la esquina y que va a conquistarla de la noche a la mañana. En efecto, a fines del verano de 1909 recibió un telegrama de Diaghilev encargándole la partitura del ballet El Pájaro de Fuego, programado para la siguiente temporada de los Ballets Rusos. Pese al corto plazo concedido, Igor concluyó la obra a tiempo, que se estrenó el 25 de junio de aquel año en la Opera de París, no sin algunos contratiempos. El frenético ritmo de la música desconcertó a algunos bailarines, al extremo de que la celebérrima Anna Pavlova se rehusó a danzar "semejantes barbaridades", debiendo sustituirla Tamara Karsavina (en la "foto").


El tout París fue seducido de inmediato por la música de Stravinski y por el vestuario y los novedosos decorados de la puesta en escena. La rutilante y encantadora música del joven maestro de 28 años influirá largamente en el quehacer coreográfico revitalizando un arte que parecía agotado, de tanto pas de deux. El Pájaro de Fuego acabará con ellos para siempre, llevándose de pasada los tutús.

La versión, como suite para orquesta, es de la Filarmónica de Viena con la dirección de Pierre Boulez, y toma los últimos cuadros: Danza Infernal, Berceuse y Finale (el ballet completo dura cincuenta minutos, aprox.). Una última palabra: no es fácil distinguir en esta música tonadas que puedan tararearse, pero como ya cumplió los cien años, creo que es hora de hacer un esfuerzo por escucharla "con otros oídos", para lo cual es necesario abandonar los esquemas sonoros y armónicos del siglo XIX y anteriores.

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